
Históricamente, la genética ha explicado cómo heredamos rasgos físicos —como el color de ojos del padre o el tipo de cabello de la madre— a través de la combinación del ADN durante la fecundación. Sin embargo, hoy contamos con la epigenética, una ciencia que demuestra que no solo recibimos información biológica estructural, sino también capacidades y, fundamentalmente, vivencias no resueltas de nuestros ancestros.
Este mecanismo de la naturaleza permite que la experiencia de las generaciones pasadas se transmita para que el nuevo individuo pueda solucionar conflictos pendientes y evolucionar, evitando así un eterno «volver a empezar».
El origen de la información: Clasificación
Para comprender cómo nos condiciona esta información, podemos clasificarla en tres grandes ejes:
1. Información genealógica (El Clan)
Recibimos información de nuestro árbol familiar que abarca, por lo general, hasta cinco generaciones atrás. Este legado está compuesto por:
– Capacidades: Habilidades que se hayan aprendido, como puede ser música, arte, tareas específicas o profesiones desarrolladas por otros integrantes.
– Conflictos: Vivencias que quedaron sin resolución y que pasan a los descendientes con fines evolutivos.
2. Proyecto y sentido
Se refiere al propósito —consciente o inconsciente— que los padres proyectan sobre la vida de su hijo. Este periodo es crucial y abarca desde los 9 meses antes de la concepción hasta los 3 años de vida:
– Pre-concepción (6 a 9 meses antes): El estado emocional de los padres en este tiempo queda grabado en la información que creará al futuro ser.
– Concepción: Las emociones de ambos progenitores en el momento exacto de la unión se replican en el nuevo individuo. No es igual la carga emocional de una concepción deseada que la de un acto forzado.
– Embarazo: Al estar fusionado con la madre, el bebé percibe y siente exactamente las mismas emociones y percepciones del entorno que ella. Por ello, un ambiente sano es vital para ambos.
– Parto: Las circunstancias de la llegada al mundo (el lugar, la presencia o ausencia del padre, el tipo de proceso) determinan rasgos de la personalidad y la forma de desempeñarse en la vida.
– Primera infancia (Hasta los 3 años): El niño continúa sintiéndose «uno» con su madre, absorbiendo inconscientemente todo lo que ella siente hasta que logra tomar consciencia de su propio ser.
3. Vivencias propias y memoria
A lo largo de la vida, sumamos experiencias que a menudo son repeticiones de la información heredada. El cerebro inconsciente graba estas situaciones como una «película», priorizando aquellas con emociones de alta vibración (muy placenteras o muy desagradables), incluso registrando detalles ambientales que la consciencia ignora.
Trascender la herencia para la sanación
Es fundamental aclarar un punto: no heredamos enfermedades, sino vivencias. La información heredada nos lleva a mirar el entorno del mismo modo que nuestros ancestros, haciéndonos tomar las mismas decisiones y revivir las mismas emociones, lo cual genera síntomas similares.
Entender esto nos libera del miedo a la «predisposición genética». Al cambiar nuestra mirada y gestionar las emociones de forma consciente, recuperamos el poder absoluto sobre nuestra vida. Tomar consciencia del «para qué» de nuestra historia nos permite abandonar el juicio, trascender el conflicto y alcanzar la sanación deseada.
Si el síntoma es en realidad el eco de alguna vivencia de mi árbol ancestral, la sanación requiere un acto de valentía: ¿Nos atrevemos a mirar más allá de lo aprendido como cierto y darnos el permiso de vivenciar esta información en primera persona para liberar nuestro presente?
